|
Studies on the Sayings
of Jesus on the Fall of Jerusalem
By Daniel Alejandro Flores
Historia
Eclesiastica
Christ saw in Jerusalem
a symbol of the world hardened in unbelief and rebellion, and hastening on
to meet the retributive judgments of God. The woes of a fallen race,
pressing upon His soul, forced from His lips that exceeding bitter cry.
Jesus, looking down to the last generation, saw the world involved in a
deception similar to that which caused the destruction of Jerusalem.
31.07. My words shall not pass away
The disciples had been filled with awe and wonder at Christ's prediction of
the overthrow of the temple, and they desired to understand more fully the
meaning of His words.
Wealth, labor, and architectural skill had for more than forty years been
freely expended to enhance its splendors. Herod the Great had lavished upon
it both Roman wealth and Jewish treasure, and even the emperor of the world
had enriched it with his gifts. Massive blocks of white marble, of almost
fabulous size, forwarded from Rome for this purpose, formed a part of its
structure; and to these the disciples had called the attention of their
Master, saying: "See what manner of stones and what buildings are here!"
Mark 13:1.
To these words, Jesus made the solemn and startling reply: "Verily I say
unto you, There shall not be left here one stone upon another, that shall
not be thrown down." Matthew 24:2.
With the overthrow of Jerusalem the disciples associated the events of
Christ's personal coming in temporal glory to take the throne of universal
empire, to punish the impenitent Jews, and to break from off the nation the
Roman yoke.
The Lord had told them that He would come the second time. Hence at the
mention of judgments upon Jerusalem, their minds reverted to that coming;
and as they were gathered about the Saviour upon the Mount of Olives, they
asked: "When shall these things be? and what shall be the sign of Thy
coming, and of the end of the world?" Verse 3.
The future was mercifully veiled from the disciples. Had they at that time
fully comprehend the two awful facts- the Redeemer's sufferings and death,
and the destruction of their city and temple- they would have been
overwhelmed with horror.
Christ presented before them an outline of the prominent events to take
place before the close of time. His words were not then fully understood;
but their meaning was to be unfolded as His people should need the
instruction therein given.
The prophecy which He uttered was twofold in its meaning; while
foreshadowing the destruction of Jerusalem, it prefigured also the terrors
of the last great day.
Jesus declared to the listening disciples the judgments that were to fall
upon apostate Israel, and especially the retributive vengeance that would
come upon them for their rejection and crucifixion of the Messiah.
Unmistakable signs would precede the awful climax.
The dreaded hour would come suddenly and swiftly. And the Saviour warned His
followers: "When ye therefore shall see the abomination of desolation,
spoken of by Daniel the prophet, stand in the holy place, (whoso readeth,
let him understand:) then let them which be in Judea flee into the
mountains." Matthew 24:15, 16; Luke 21:20, 21.
When the idolatrous standards of the Romans should be set up in the holy
ground, which extended some furlongs outside the city walls, then the
followers of Christ were to find safety in flight. When the warning sign
should be seen, those who would escape must make no delay.
Throughout the land of Judea, as well as in Jerusalem itself, the signal for
flight must be immediately obeyed. He who chanced to be upon the housetop
must not go down into his house, even to save his most valued treasures.
Those who were working in the fields or vineyards must not take time to
return for the outer garment laid aside while they should be toiling in the
heat of the day. They must not hesitate a moment, lest they be involved in
the general destruction.
In the reign of Herod, Jerusalem had not only been greatly beautified, but
by the erection of towers, walls, and fortresses, adding to the natural
strength of its situation, it had been rendered apparently impregnable. He
who would at this time have foretold publicly its destruction, would, like
Noah in his day, have been called a crazed alarmist. But Christ had said:
"Heaven and earth shall pass away, but My words shall not pass away."
Matthew 24:35.
Because of her sins, wrath had been denounced against Jerusalem, and her
stubborn unbelief rendered her doom certain.
31.07. Mis palabras no pasarán
Los discípulos se habían llenado de asombro y hasta de temor al oír las
predicciones de Cristo respecto de la destrucción del templo, y deseaban
entender de un modo más completo el significado de sus palabras.
Durante más de cuarenta años se habían prodigado riquezas, trabajo y arte
arquitectónico para enaltecer los esplendores y la grandeza de aquel templo.
Herodes el Grande y hasta el mismo emperador del mundo contribuyeron con los
tesoros de los judíos y con las riquezas romanas a engrandecer la
magnificencia del hermoso edificio. Con este objeto habíanse importado de
Roma enormes bloques de preciado mármol, de tamaño casi fabuloso, a los
cuales los discípulos llamaron la atención del Maestro, diciéndole: "Mira
qué piedras, y qué edificios." (Marcos 13: 1.)
Pero Jesús contestó con estas solemnes y sorprendentes palabras: "De cierto
os digo, que no será dejada aquí piedra sobre piedra, que no sea destruída."
(Mateo 24: 2.)
Los discípulos creyeron que la destrucción de Jerusalén coincidiría con los
sucesos de la venida personal de Cristo revestido de gloria temporal para
ocupar el trono de un imperio universal, para castigar a los judíos
impenitentes y libertar a la nación del yugo romano.
Cristo les había anunciado que volvería, y por eso al oírle predecir los
juicios que amenazaban a Jerusalén, se figuraron que ambas cosas sucederían
al mismo tiempo y, al reunirse en derredor del Señor en el monte de los
Olivos, le preguntaron: "¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu
venida, y del fin del mundo? " (Mateo 24: 3.)
Lo porvenir les era misericordiosamente velado a los discípulos. De haber
visto con toda claridad esos dos terribles acontecimientos futuros: los
sufrimientos del Redentor y su muerte, y la destrucción del templo y de la
ciudad, los discípulos hubieran sido abrumados por el miedo y el dolor.
Cristo les dio un bosquejo de los sucesos culminantes que habrían de
desarrollarse antes de la consumación de los tiempos. Sus palabras no fueron
entendidas plenamente entonces, pero su significado iba a aclararse a medida
que su pueblo necesitase la instrucción contenida en esas palabras.
La profecía del Señor entrañaba un doble significado: al par que anunciaba
la ruina de Jerusalén presagiaba también los horrores del gran día final.
Jesús declaró a los discípulos los castigos que iban a caer sobre el
apóstata Israel y especialmente los que debería sufrir por haber rechazado y
crucificado al Mesías. Iban a producirse señales inequívocas, precursoras
del espantoso desenlace.
La hora aciaga llegaría presta y repentinamente. Y el Salvador advirtió a
sus discípulos: "Por tanto, cuando viereis la abominación del asolamiento,
que fue dicha por Daniel profeta, que estará en el lugar santo (el que lee,
entienda), entonces los que están en Judea, huyan a los montes." (Mateo 24:
15, 16; Lucas 21: 20.)
Tan pronto como los estandartes del ejército romano idólatra fuesen clavados
en el suelo sagrado, que se extendía varios estadios más allá de los muros,
los creyentes en Cristo debían huir a un lugar seguro.
Al ver la señal preventiva, todos los que quisieran escapar debían hacerlo
sin tardar.
Tanto en tierra de Judea como en la propia ciudad de Jerusalén el aviso de
la fuga debía ser aprovechado en el acto. Todo el que se hallase en aquel
instante en el tejado de su casa no debía entrar en ella ni para tomar
consigo los más valiosos tesoros; los que trabajaran en el campo y en los
viñedos no debían perder tiempo en volver por las túnicas que se hubiesen
quitado para sobrellevar mejor el calor y la faena del día. Todos debían
marcharse sin tardar si no querían verse envueltos en la ruina general.
Durante el reinado de Herodes, la ciudad de Jerusalén no sólo había sido
notablemente embellecida, sino también fortalecida. Se erigieron torres,
muros y fortalezas que, unidos a la ventajosa situación topográfica del
lugar, la hacían aparentemente inexpugnable. Si en aquellos días alguien
hubiese predicho públicamente la destrucción de la ciudad, sin duda habría
sido considerado cual lo fuera Noé en su tiempo: como alarmista insensato.
Pero Cristo había dicho: "El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no
pasarán." (Mateo 24: 35.)
La ira del Señor se había declarado contra Jerusalén a causa de sus pecados,
y su obstinada incredulidad hizo inevitable su condenación.
31.07. As Minhas palavras não hão de passar
Os discípulos ficaram cheios de espanto e admiração ante a profecia de
Cristo acerca da subversão do templo, e desejavam compreender melhor o
significado de Suas palavras.
Riquezas, trabalhos e perícia arquitetônica haviam durante mais de quarenta
anos sido liberalmente expedidos para salientar os seus esplendores. Herodes,
o Grande, nele empregara prodigamente tanto riquezas romanas como tesouros
judeus, e mesmo o imperador do mundo o tinha enriquecido com seus dons.
Blocos maciços de mármore branco, de tamanho quase fabuloso, proveniente de
Roma para este fim, formavam parte de sua estrutura; e para eles chamaram os
discípulos a atenção do Mestre, dizendo: “Olha que pedras, e que edifícios!”
Mar. 13:1.
A estas palavras deu Jesus a solene e surpreendente resposta: “Em verdade
vos digo que não ficará aqui pedra sobre pedra que não seja derribada.” Mat.
24:2.
Com a subversão de Jerusalém os discípulos associaram os fatos da vinda
pessoal de Cristo em glória temporal a fim de assumir o trono do império do
Universo, castigar os judeus impenitentes e libertar a nação do jugo romano.
O Senhor lhes dissera que viria a segunda vez. Daí, com a menção dos juízos
sobre Jerusalém, volveram o pensamento para aquela vinda; e, como estivessem
reunidos em torno do Salvador sobre o Monte das Oliveiras, perguntaram:
“Quando serão essas coisas, e que sinal haverá da Tua vinda e do fim do
mundo?” Mat. 24:3.
O futuro estava misericordiosamente velado aos discípulos. Houvessem eles
naquela ocasião compreendido perfeitamente os dois terríveis fatos – os
sofrimentos e morte do Redentor, e a destruição de sua cidade e templo –
teriam sido dominados pelo terror.
Cristo apresentou diante deles um esboço dos importantes acontecimentos a
ocorrerem antes do final do tempo. Suas palavras não foram então
completamente entendidas; mas a significação ser-lhes-ia revelada quando Seu
povo necessitasse da instrução nelas dada.
A profecia que Ele proferiu era dupla em seu sentido: ao mesmo tempo em que
prefigurava a destruição de Jerusalém, representava igualmente os terrores
do último grande dia.
Jesus declarou aos discípulos que O escutavam, os juízos que deveriam cair
sobre o apóstata Israel, e especialmente o castigo retribuidor que lhe
sobreviria por sua rejeição e crucifixão do Messias. Sinais inequívocos
precederiam a terrível culminação.
A hora temida viria súbita e celeremente. E o Salvador advertiu a Seus
seguidores: “Quando pois virdes que a abominação da desolação, de que falou
o profeta Daniel, está no lugar santo (quem lê, atenda), então os que
estiverem na Judéia fujam para os montes.” Mat. 24:15 e 16; Luc. 21:20.
Quando os símbolos idolátricos dos romanos fossem erguidos em terra santa, a
qual ia um pouco além dos muros da cidade, então os seguidores de Cristo
deveriam achar segurança na fuga.
Quando fosse visto o sinal de aviso, os que desejavam escapar não deveriam
demorar-se.
Por toda a terra da Judéia, bem como em Jerusalém mesmo, o sinal para a fuga
deveria ser imediatamente obedecido. Aquele que acaso estivesse no telhado,
não deveria descer à casa, mesmo para salvar os tesouros mais valiosos. Os
que estivessem trabalhando nos campos ou nos vinhedos, não deveriam tomar
tempo para voltar a fim de apanhar a roupa exterior, posta de lado enquanto
estavam a labutar no calor do dia. Não deveriam hesitar um instante, para
que não fossem apanhados pela destruição geral.
No reinado de Herodes, Jerusalém não só havia sido grandemente embelezada,
mas, pela ereção de torres, muralhas e fortalezas, em acréscimo à força
natural de sua posição, tornara-se aparentemente inexpugnável. Aquele que
nesse tempo houvesse publicamente predito sua destruição, teria sido chamado,
como Noé em sua época, doido alarmista. Mas Cristo dissera: “O céu e a Terra
passarão, mas as Minhas palavras não hão de passar.” Mat. 24:35.
Por causa de seus pecados, foi anunciada a ira contra Jerusalém, e sua
pertinaz incredulidade selou-lhe a sorte.
31.06. Your house is left unto you desolate
Two days before the Passover, when Christ had for the last time departed
from the temple, after denouncing the hypocrisy of the Jewish rulers, He
again went out with His disciples to the Mount of Olives and seated Himself
with them upon the grassy slope overlooking the city. Once more He gazed
upon its walls, its towers, and its palaces. Once more He beheld the temple
in its dazzling splendor, a diadem of beauty crowning the sacred mount.
A thousand years before, the psalmist had magnified God's favor to Israel in
making her holy house His dwelling place: "In Salem also is His tabernacle,
and His dwelling place in Zion." He "chose the tribe of Judah, the Mount
Zion which He loved. And He built His sanctuary like high palaces." Psalms
76:2; 78:68, 69.
The first temple had been erected during the most prosperous period of
Israel's history. Vast stores of treasure for this purpose had been
collected by King David, and the plans for its construction were made by
divine inspiration. 1 Chronicles 28:12, 19. Solomon, the wisest of Israel's
monarchs, had completed the work.
This temple was the most magnificent building which the world ever saw. Yet
the Lord had declared by the prophet Haggai, concerning the second temple:
"The glory of this latter house shall be greater than of the former." "I
will shake all nations, and the Desire of all nations shall come: and I will
fill this house with glory, saith the Lord of hosts." Haggai 2:9, 7.
After the destruction of the temple by Nebuchadnezzar it was rebuilt about
five hundred years before the birth of Christ by a people who from a
lifelong captivity had returned to a wasted and almost deserted country.
There were then among them aged men who had seen the glory of Solomon's
temple, and who wept at the foundation of the new building, that it must be
so inferior to the former. The feeling that prevailed is forcibly described
by the prophet: "Who is left among you that saw this house in her first
glory? and how do ye see it now? is it not in your eyes in comparison of it
as nothing?" Haggai 2:3; Ezra 3:12. Then was given the promise that the
glory of this latter house should be greater than that of the former.
But the second temple had not equaled the first in magnificence; nor was it
hallowed by those visible tokens of the divine presence which pertained to
the first temple. There was no manifestation of supernatural power to mark
its dedication. No cloud of glory was seen to fill the newly erected
sanctuary. No fire from heaven descended to consume the sacrifice upon its
altar. The Shekinah no longer abode between the cherubim in the most holy
place; the ark, the mercy seat, and the tables of the testimony were not to
be found therein. No voice sounded from heaven to make known to the
inquiring priest the will of Jehovah.
For centuries the Jews had vainly endeavored to show wherein the promise of
God given by Haggai had been fulfilled; yet pride and unbelief blinded their
minds to the true meaning of the prophet's words. The second temple was not
honored with the cloud of Jehovah's glory, but with the living presence of
One in whom dwelt the fullness of the Godhead bodily -who was God Himself
manifest in the flesh.
The "Desire of all nations" had indeed come to His temple when the Man of
Nazareth taught and healed in the sacred courts.
In the presence of Christ, and in this only, did the second temple exceed
the first in glory. But Israel had put from her the proffered Gift of
heaven. With the humble Teacher who had that day passed out from its golden
gate, the glory had forever departed from the temple. Already were the
Saviour's words fulfilled: "Your house is left unto you desolate" Matthew
23:38.
31.06. Eis que a vossa casa vos ficará deserta
Dois dias antes da Páscoa, quando Cristo pela última vez Se havia afastado
do templo, depois de denunciar a hipocrisia dos príncipes judeus, novamente
sai com os discípulos para o Monte das Oliveiras, e assenta-Se com eles no
declive relvoso, sobranceiro à cidade. Mais uma vez contempla seus muros,
torres e palácios. Mais uma vez se Lhe depara o templo em seu deslumbrante
esplendor, qual diadema de beleza a coroar o monte sagrado.
Mil anos antes, o salmista engrandecera o favor de Deus para com Israel
fazendo da casa sagrada deste a Sua morada: “Em Salém está o Seu tabernáculo,
e a Sua morada em Sião.” Sal. 76:2. Ele “elegeu a tribo de Judá; o monte de
Sião, que Ele amava. E edificou o Seu santuário como aos lugares elevados”.
Sal. 78:68 e 69.
O primeiro templo fora erigido durante o período mais próspero da história
de Israel. Grandes armazenamentos de tesouros para este fim haviam sido
acumulados pelo rei Davi e a planta para a sua construção fora feita por
inspiração divina (I Crôn. 28:12 e 19). Salomão, o mais sábio dos monarcas
de Israel, completara a obra.
Este templo foi o edifício mais magnificente que o mundo já viu. Contudo o
Senhor declarou pelo profeta Ageu, relativamente ao segundo templo: “A
glória desta última casa será maior do que a da primeira.” “Farei tremer
todas as nações, e virá o Desejado de todas as nações, e encherei esta casa
de glória, diz o Senhor dos exércitos.” Ageu 2:9 e 7.
Depois da destruição do templo por Nabucodonosor, foi reconstruído
aproximadamente quinhentos anos antes do nascimento de Cristo, por um povo
que, de um longo cativeiro, voltara a um país devastado e quase deserto.
Havia então entre eles homens idosos que tinham visto a glória do templo de
Salomão e que choraram junto aos alicerces do novo edifício porque devesse
ser tão inferior ao antecedente. O sentimento que prevalecia é vividamente
descrito pelo profeta: “Quem há entre vós que, tendo ficado, viu esta casa
na sua primeira glória? e como a vedes agora? não é esta como nada em vossos
olhos, comparada com aquela?” Ageu 2:3; Esd. 3:12. Então foi feita a
promessa de que a glória desta última casa seria maior do que a da anterior.
Mas o segundo templo não igualou o primeiro em esplendor; tampouco foi
consagrado pelos visíveis sinais da presença divina que o primeiro tivera.
Não houve manifestação de poder sobrenatural para assinalar sua dedicação.
Nenhuma nuvem de glória foi vista a encher o santuário recém-erigido. Nenhum
fogo do Céu desceu para consumir o sacrifício sobre o altar. O “shekinah”
não mais habitava entre os querubins no lugar santíssimo; a arca, o
propiciatório, as tábuas do testemunho não mais deviam encontrar-se ali.
Nenhuma voz ecoava do Céu para tornar conhecida ao sacerdote inquiridor a
vontade de Jeová.
Durante séculos os judeus em vão se haviam esforçado por mostrar que a
promessa de Deus feita por Ageu se cumprira; entretanto, o orgulho e a
incredulidade lhes cegavam a mente ao verdadeiro sentido das palavras do
profeta. O segundo templo não foi honrado com a nuvem de glória de Jeová,
mas com a presença viva dAquele em quem habita corporalmente a plenitude da
divindade – que foi o próprio Deus manifesto em carne.
O “Desejado de todas as nações” havia em verdade chegado a Seu templo quando
o Homem de Nazaré ensinava e curava nos pátios sagrados.
Com a presença de Cristo, e com ela somente, o segundo templo excedeu o
primeiro em glória. Mas Israel afastara de si o Dom do Céu, que lhe era
oferecido. Com o humilde Mestre que naquele dia saíra de seu portal de ouro,
a glória para sempre se retirara do templo. Já eram cumpridas as palavras do
Salvador: “Eis que a vossa casa vos ficará deserta” Mateo 23:38.
31.06. He aquí vuestra casa os es dejada desierta
Dos días antes de la Pascua, cuando Cristo se había despedido ya del templo
por última vez, después de haber denunciado públicamente la hipocresía de
los príncipes de Israel, volvió al monte de los Olivos, acompañado de sus
discípulos y se sentó entre ellos en una ladera cubierta de blando césped,
dominando con la vista la ciudad. Una vez más contempló sus muros, torres y
palacios. Una vez más miró el templo que en su deslumbrante esplendor
parecía una diadema de hermosura que coronara al sagrado monte.
Mil años antes el salmista había magnificado la bondad de Dios hacia Israel
porque había escogido aquel templo como su morada. "En Salem está su
tabernáculo, y su habitación en Sión." "Escogió la tribu de Judá, el monte
de Sión, al cual amó. Y edificó su santuario a manera de eminencia." (Salmos
76: 2; 78: 68, 69.)
El primer templo había sido erigido durante la época de mayor prosperidad en
la historia de Israel. Vastos almacenes fueron construidos para contener los
tesoros que con dicho propósito acumulara el rey David, y los planos para la
edificación del templo fueron hechos por inspiración divina. (1 Crónicas 28:
12, 19.) Salomón, el más sabio de los monarcas de Israel, completó la obra.
Este templo resultó ser el edificio más soberbio que este mundo haya visto.
No obstante, el Señor declaró por boca del profeta Aggeo, refiriéndose al
segundo templo: "Mayor será la gloria postrera de esta Casa que la gloria
anterior." "Sacudiré todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las
naciones; y llenaré esta Casa de gloria, dice Jehová de los Ejércitos" (Hageo
2: 9, 7, V.M.)
Después de su destrucción por Nabucodonosor, el templo fue reconstruído unos
cinco siglos antes del nacimiento de Cristo por un pueblo que tras largo
cautiverio había vuelto a su país asolado y casi desierto. Había entonces en
Israel algunos hombres muy ancianos que habían visto la gloria del templo de
Salomón y que lloraban al ver el templo nuevo que parecía tan inferior al
anterior. El sentimiento que dominaba entre el pueblo nos es fielmente
descrito por el profeta cuando dice: "¿Quién ha quedado entre vosotros que
haya visto esta casa en su primera gloria, y cual ahora la veis? ¿No es ella
como nada delante de vuestros ojos?" (Hageo 2: 3; Esdras 3: 12.) Entonces
fue dada la promesa de que la gloria del segundo templo sería mayor que la
del primero.
Pero el segundo templo no igualó al primero en magnificencia ni fue
santificado por las señales visibles de la presencia divina con que lo fuera
el templo de Salomón, ni hubo tampoco manifestaciones de poder sobrenatural
que dieran realce a su dedicación. Ninguna nube de gloria cubrió al
santuario que acababa de ser erigido; no hubo fuego que descendiera del
cielo para consumir el sacrificio sobre el altar. La manifestación divina no
se encontraba ya entre los querubines en el lugar santísimo; ya no estaban
allí el arca del testimonio, ni el propiciatorio, ni las tablas de la ley.
Ninguna voz del cielo se dejaba oír para revelar la voluntad del Señor al
sacerdote que preguntaba por ella.
Durante varios siglos los judíos se habían esforzado para probar cómo y
dónde se había cumplido la promesa que Dios había dado por Aggeo. Pero el
orgullo y la incredulidad habían cegado su mente de tal modo que no
comprendían el verdadero significado de las palabras del profeta. Al segundo
templo no le fue conferido el honor de ser cubierto con la nube de la gloria
de Jehová, pero sí fue honrado con la presencia de Uno en quien habitaba
corporalmente la plenitud de la Divinidad, de Uno que era Dios mismo
manifestado en carne.
Cuando el Nazareno enseñó y realizó curaciones en los atrios sagrados se
cumplió la profecía gloriosa: él era el "Deseado de todas las naciones" que
entraba en su templo.
Por la presencia de Cristo, y sólo por ella, la gloria del segundo templo
superó la del primero; pero Israel tuvo en poco al anunciado don del cielo;
y con el humilde Maestro que salió aquel día por la puerta de oro, la gloria
había abandonado el templo para siempre. Así se cumplieron las palabras del
Señor, que dijo: "He aquí vuestra casa os es dejada desierta" (Mateo 23:
38.)
31.05. ¡Terrible ceguedad, extraña infatuación!
Cristo vio en Jerusalén un símbolo del mundo endurecido en la incredulidad y
rebelión que corría presuroso a recibir el pago de la justicia de Dios.
Los lamentos de una raza caída oprimían el alma del Señor, y le hicieron
prorrumpir en esas expresiones de dolor.
Vio además las profundas huellas del pecado marcadas por la miseria humana
con lágrimas y sangre; su tierno corazón se conmovió de compasión infinita
por las víctimas de los padecimientos y aflicciones de la tierra; anheló
salvarlos a todos.
Pero ni aun su mano podía desviar la corriente del dolor humano que del
pecado dimana; pocos buscarían la única fuente de salud. El estaba dispuesto
a derramar su misma alma hasta la muerte, y poner así la salvación al
alcance de todos; pero muy pocos iban a acudir a él para tener vida eterna.
¡La Majestad del cielo derramando copioso llanto! ¡El Hijo del Dios infinito
turbado en espíritu y doblegado bajo el peso del dolor!
Los cielos se llenaron de asombro al contemplar semejante escena que pone
tan de manifiesto la culpabilidad enorme del pecado, y que nos enseña lo que
le cuesta, aun al poder infinito, salvar al pecador de las consecuencias que
le acarrea la transgresión de la ley de Dios.
Dirigiendo Jesús sus miradas hasta la última generación vio al mundo
envuelto en un engaño semejante al que causó la destrucción de Jerusalén.
El gran pecado de los judíos consistió en que rechazaron a Cristo; el gran
pecado del mundo cristiano iba a consistir en que rechazaría la ley de Dios,
que es el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra.
Los preceptos del Señor iban a ser menospreciados y anulados. Millones de
almas sujetas al pecado, esclavas de Satanás, condenadas a sufrir la segunda
muerte, se negarían a escuchar las palabras de verdad en el día de su
visitación. ¡Terrible ceguedad, extraña infatuación!
31.05. Terrível cegueira! estranha presunção!
Cristo viu em Jerusalém um símbolo do mundo endurecido na incredulidade e
rebelião, e apressando-se ao encontro dos juízos retribuidores de Deus.
As desgraças de uma raça decaída, oprimindo-Lhe a alma, arrancavam de Seus
lábios aquele clamor extremamente amargurado.
Viu a história do pecado traçada pelas misérias, lágrimas e sangue humanos;
o coração moveu-se-Lhe de infinita compaixão pelos aflitos e sofredores da
Terra; angustiava-Se por aliviar a todos.
Contudo, mesmo a Sua mão não poderia demover a onda das desgraças humanas;
poucos procurariam a única fonte de auxílio. Ele estava disposto a derramar
a alma na morte, a fim de colocar a salvação ao seu alcance; poucos, porém,
viriam a Ele para que pudessem ter vida.
A Majestade do Céu em pranto! O Filho do infinito Deus perturbado em
espírito, curvado em angústia!
Esta cena encheu de espanto o Céu inteiro. Revela-nos a imensa malignidade
do pecado; mostra quão árdua tarefa é, mesmo para o poder infinito, salvar
ao culpado das conseqüências da transgressão da lei de Deus.
Jesus, olhando para a última geração, viu o mundo envolto em engano
semelhante ao que causou a destruição de Jerusalém.
O grande pecado dos judeus foi rejeitarem a Cristo; o grande pecado do mundo
cristão seria rejeitarem a lei de Deus, fundamento de Seu governo no Céu e
na Terra.
Os preceitos de Jeová seriam desprezados e anulados. Milhões na servidão do
pecado, escravos de Satanás, condenados a sofrer a segunda morte,
recusar-se-iam a escutar as palavras de verdade no dia de sua visitação.
Terrível cegueira! estranha presunção!
31.05. Terrible blindness! Strange infatuation!
Christ saw in Jerusalem a symbol of the world hardened in unbelief and
rebellion, and hastening on to meet the retributive judgments of God.
The woes of a fallen race, pressing upon His soul, forced from His lips that
exceeding bitter cry.
He saw the record of sin traced in human misery, tears, and blood; His heart
was moved with infinite pity for the afflicted and suffering ones of earth;
He yearned to relieve them all.
But even His hand might not turn back the tide of human woe; few would seek
their only Source of help. He was willing to pour out His soul unto death,
to bring salvation within their reach; but few would come to Him that they
might have life.
The Majesty of heaven in tears! the Son of the infinite God troubled in
spirit, bowed down with anguish!
The scene filled all heaven with wonder. That scene reveals to us the
exceeding sinfulness of sin; it shows how hard a task it is, even for
Infinite Power, to save the guilty from the consequences of transgressing
the law of God.
Jesus, looking down to the last generation, saw the world involved in a
deception similar to that which caused the destruction of Jerusalem.
The great sin of the Jews was their rejection of Christ; the great sin of
the Christian world would be their rejection of the law of God, the
foundation of His government in heaven and earth.
The precepts of Jehovah would be despised and set at nought. Millions in
bondage to sin, slaves of Satan, doomed to suffer the second death, would
refuse to listen to the words of truth in their day of visitation. Terrible
blindness! Strange infatuation!
domingo, febrero 04, 2007
31.04. Como restos de un naufragio en una playa desierta
Cuando Cristo estuviera clavado en la cruz del Calvario, ya habría
transcurrido para Israel su día como nación favorecida y saciada de las
bendiciones de Dios.
La pérdida de una sola alma se considera como una calamidad infinitamente
más grande que la de todas las ganancias y todos los tesoros de un mundo;
pero mientras Jesús fijaba su mirada en Jerusalén, veía la ruina de toda una
ciudad, de todo un pueblo; de aquella ciudad y de aquel pueblo que habían
sido elegidos de Dios, su especial tesoro.
Los profetas habían llorado la apostasía de Israel y lamentado las terribles
desolaciones con que fueron castigadas sus culpas.
Jeremías deseaba que sus ojos se volvieran manantiales de lágrimas para
llorar día y noche por los muertos de la hija de su pueblo y por el rebaño
del Señor que fue llevado cautivo. (Jeremías 9: 1; 13: 17.)
¡Cuál no sería entonces la angustia de Aquel cuya mirada profética abarcaba,
no unos pocos años, sino muchos siglos!
Veía al ángel exterminador blandir su espada sobre la ciudad que por tanto
tiempo fuera morada de Jehová.
Desde la cumbre del monte de los Olivos, en el lugar mismo que más tarde iba
a ser ocupado por Tito y sus soldados, miró a través del valle los atrios y
pórticos sagrados, y con los ojos nublados por las lágrimas, vio en
horroroso anticipo los muros de la ciudad circundados por tropas extranjeras;
oyó el estrépito de las legiones que marchaban en son de guerra, y los
tristes lamentos de las madres y de los niños que lloraban por pan en la
ciudad sitiada.
Vio el templo santo y hermoso, los palacios y las torres devorados por las
llamas, dejando en su lugar tan sólo un montón de humeantes ruinas.
Cruzando los siglos con la mirada, vio al pueblo del pacto disperso en toda
la tierra, como restos de un naufragio en una playa desierta.
En la retribución temporal que estaba por caer sobre sus hijos, vio como el
primer trago de la copa de la ira que en el juicio final aquel mismo pueblo
deberá apurar hasta las heces.
La compasión divina y el sublime amor de Cristo hallaron su expresión en
estas lúgubres palabras: "¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y
apedreas a los que son enviados a ti! ¡cuántas veces quise juntar tus hijos,
como la gallina junta sus pollos debajo de las alas, y no quisiste!" (S.
Mateo 23: 37.)
¡Oh! ¡si tú, nación favorecida entre todas, hubieras conocido el tiempo de
tu visitación y lo que atañe a tu paz! Yo detuve al ángel de justicia y te
llamé al arrepentimiento, pero en vano. No rechazaste tan sólo a los siervos
ni despreciaste tan sólo a los enviados y profetas, sino al Santo de Israel,
tu Redentor. Si eres destruída, tú sola tienes la culpa. "No queréis venir a
mí, para que tengáis vida" (Juan 5: 40).
31.04. Semelhantes aos destroços de um naufrágio em praia deserta
Quando Cristo estivesse suspenso da cruz do Calvário, teria terminado o
tempo de Israel como nação favorecida e abençoada por Deus.
A perda de uma alma que seja é calamidade infinitamente maior que os
proveitos e tesouros de todo um mundo; entretanto, quando Cristo olhava
sobre Jerusalém, achava-se perante Ele a condenação de uma cidade inteira,
de toda uma nação – sim, aquela cidade e nação que foram as escolhidas de
Deus, Seu tesouro peculiar.
Profetas haviam chorado a apostasia de Israel, e as terríveis desolações que
seus pecados atraíram.
Jeremias desejava que seus olhos fossem uma fonte de lágrimas, para que
pudesse chorar dia e noite pelos mortos da filha de seu povo, pelo rebanho
do Senhor que fora levado em cativeiro (Jer. 9:1; 13:17).
Qual não era, pois, a dor dAquele cujo olhar profético abrangia não os anos
mas os séculos!
Contemplava Ele o anjo destruidor com a espada levantada contra a cidade que
durante tanto tempo fora a morada de Jeová.
Do cume do Monte das Oliveiras, no mesmo ponto mais tarde ocupado por Tito e
seu exército, olhava Ele através do vale para os pátios e pórticos sagrados,
e, com a vista obscurecida pelas lágrimas, via em terrível perspectiva, os
muros rodeados de hostes estrangeiras. Ouvia o tropel de exércitos dispondo-se
para a guerra. Distinguia as vozes de mães e crianças que, na cidade sitiada,
bradavam pedindo pão.
Via entregues às chamas o santo e belo templo, os palácios e torres, e no
lugar em que eles se erigiam, apenas um monte de ruínas fumegantes.
Olhando através dos séculos futuros, via o povo do concerto espalhado em
todos os países, semelhantes aos destroços de um naufrágio em praia deserta.
Nos castigos prestes a cair sobre Seus filhos, não via Ele senão o primeiro
gole daquela taça de ira que no juízo final deveriam esgotar até às fezes.
A piedade divina, o terno amor encontraram expressão nestas melancólicas
palavras: “Jerusalém, Jerusalém, que matas os profetas, e apedrejas os que
te são enviados! quantas vezes quis Eu ajuntar os teus filhos, como a
galinha ajunta os seus pintos debaixo das asas, e tu não quiseste!” Mateus
23:37.
Oh! se houveras conhecido, como nação favorecida acima de todas as outras, o
tempo de tua visitação e as coisas que pertencem à tua paz! Tenho contido o
anjo da justiça, tenho-te convidado ao arrependimento, mas em vão. Não é
meramente a servos, enviados e profetas que tens repelido e rejeitado, mas
ao Santo de Israel, teu Redentor. Se és destruída, tu unicamente és a
responsável. “E não quereis vir a Mim para terdes vida.” João 5:40.
31.04. Like wrecks on a desert shore
When Christ should hang upon the cross of Calvary, Israel's day as a nation
favored and blessed of God would be ended.
The loss of even one soul is a calamity infinitely outweighing the gains and
treasures of a world; but as Christ looked upon Jerusalem, the doom of a
whole city, a whole nation, was before Him -that city, that nation, which
had once been the chosen of God, His peculiar treasure.
Prophets had wept over the apostasy of Israel and the terrible desolations
by which their sins were visited.
Jeremiah wished that his eyes were a fountain of tears, that he might weep
day and night for the slain of the daughter of his people, for the Lord's
flock that was carried away captive. Jeremiah 9:1; 13:17.
What, then, was the grief of Him whose prophetic glance took in, not years,
but ages!
He beheld the destroying angel with sword uplifted against the city which
had so long been Jehovah's dwelling place.
From the ridge of Olivet, the very spot afterward occupied by Titus and his
army, He looked across the valley upon the sacred courts and porticoes, and
with tear-dimmed eyes
He saw, in awful perspective, the walls surrounded by alien hosts. He heard
the tread of armies marshaling for war. He heard the voice of mothers and
children crying for bread in the besieged city.
He saw her holy and beautiful house, her palaces and towers, given to the
flames, and where once they stood, only a heap of smoldering ruins.
Looking down the ages, He saw the covenant people scattered in every land,
like wrecks on a desert shore.
In the temporal retribution about to fall upon her children, He saw but the
first draft from that cup of wrath which at the final judgment she must
drain to its dregs.
Divine pity, yearning love, found utterance in the mournful words: "O
Jerusalem, Jerusalem, thou that killest the prophets, and stonest them which
are sent unto thee, how often would I have gathered thy children together,
even as a hen gathereth her chickens under her wings, and ye would not!"
Matthew 23:37
O that thou, a nation favored above every other, hadst known the time of thy
visitation, and the things that belong unto thy peace! I have stayed the
angel of justice, I have called thee to repentance, but in vain. It is not
merely servants, delegates, and prophets, whom thou hast refused and
rejected, but the Holy One of Israel, thy Redeemer. If thou art destroyed,
thou alone art responsible. "Ye will not come to Me, that ye might have
life." John 5:40.
viernes, febrero 02, 2007
31.03. The pleadings of His love had been despised
Although Israel had "mocked the messengers of God, and despised His words,
and misused His prophets" (2 Chronicles 36:16), He had still manifested
Himself to them, as "the Lord God, merciful and gracious, long-suffering,
and abundant in goodness and truth" (Exodus 34:6); notwithstanding repeated
rejections, His mercy had continued its pleadings.
With more than a father's pitying love for the son of his care, God had
"sent to them by His messengers, rising up betimes, and sending; because He
had compassion on His people, and on His dwelling place." 2 Chronicles
36:15. When remonstrance, entreaty, and rebuke had failed, He sent to them
the best gift of heaven; nay, He poured out all heaven in that one Gift.
The Son of God Himself was sent to plead with the impenitent city. It was
Christ that had brought Israel as a goodly vine out of Egypt. Psalm 80:8.
His own hand had cast
out the heathen before it. He had planted it "in a very fruitful hill." His
guardian care had hedged it about. His servants had been sent to nurture it.
"What could have been done more to My vineyard," He exclaims, "that I have
not done in it?" Isaiah 5:1-4. Though when He looked that it should bring
forth grapes, it brought forth wild grapes, yet with a still yearning hope
of fruitfulness He came in person to His vineyard, if haply it might be
saved from destruction. He digged about His vine; He pruned and cherished
it. He was unwearied in His efforts to save this vine of His own planting.
For three years the Lord of light and glory had gone in and out among His
people. He "went about doing good, and healing all that were oppressed of
the devil," binding up the brokenhearted, setting at liberty them that were
bound, restoring sight to the blind, causing the lame to walk and the deaf
to hear, cleansing the lepers, raising the dead, and preaching the gospel to
the poor. Acts 10:38; Luke 4:18; Matthew 11:5. To all classes alike was
addressed the gracious call: "Come unto Me, all ye that labor and are
heavy-laden, and I will give you rest." Matthew 11:28.
Though rewarded with evil for good, and hatred for His love (Psalm 109:5),
He had steadfastly pursued His mission of mercy. Never were those repelled
that sought His grace. A homeless wanderer, reproach and penury His daily
lot, He lived to minister to the needs and lighten the woes of men, to plead
with them to accept the gift of life.
The waves of mercy, beaten back by those stubborn hearts, returned in a
stronger tide of pitying, inexpressible love. But Israel had turned from her
best Friend and only Helper. The pleadings of His love had been despised,
His counsels spurned, His warnings ridiculed.
The hour of hope and pardon was fast passing; the cup of God's long-deferred
wrath was almost full. The cloud that had been gathering through ages of
apostasy and rebellion, now black with woe, was about to burst upon a guilty
people; and He who alone could save them from their impending fate had been
slighted, abused, rejected, and was soon to be crucified.
31.03. Os rogos de Seu amor foram desprezados
Posto que Israel tivesse zombado dos mensageiros de Deus, desprezado Suas
palavras e perseguido Seus profetas (2 Crônicas 36:16), Ele ainda Se lhes
manifestara como “o Senhor, Deus misericordioso e piedoso, tardio em iras e
grande em beneficência e verdade” (Êxodo 34:6); apesar das repetidas
rejeições, Sua misericórdia continuou a interceder.
Com mais enternecido amor que o de pai pelo filho de seus cuidados, Deus
lhes havia enviado “Sua palavra pelos Seus mensageiros, madrugando, e
enviando-lhos; porque Se compadeceu de Seu povo e da Sua habitação”. 2
Crônicas 36:15. Quando admoestações, rogos e censuras haviam falhado,
enviou-lhes o melhor dom do Céu, mais ainda, derramou todo o Céu naquele
único dom.
O próprio Filho de Deus foi enviado para instar com a cidade impenitente.
Foi Cristo que trouxe Israel, como uma boa vinha, do Egito (Salmos 80:8).
Sua própria mão havia lançado fora os gentios de diante deles. Plantou-a “em
um outeiro fértil”. Seu protetor cuidado cercara-a em redor. Enviou Seus
servos para cultivá-la. “Que mais se podia fazer à Minha vinha”, exclama
Ele, “que Eu lhe não tenha feito?” Posto que quando Ele esperou que “desse
uvas, veio a produzir uvas bravas” (Isaias 5:1-4), ainda com esperança
compassiva de encontrar frutos, veio em pessoa à Sua vinha, para que
porventura pudesse ser salva da destruição. Cavou em redor dela, podou-a e
protegeu-a. Foi incansável em Seus esforços para salvar esta vinha que Ele
próprio plantara.
Durante três anos o Senhor da luz e glória entrara e saíra por entre o Seu
povo. Ele “andou fazendo o bem, e curando a todos os oprimidos do diabo”
(Atos 10:38), aliviando os quebrantados de coração, pondo em liberdade os
que se achavam presos, restaurando a vista aos cegos, fazendo andar aos
coxos e ouvir aos surdos, purificando os leprosos, ressuscitando os mortos e
pregando o evangelho aos pobres (Lucas 4:18; Mateus 11:5). A todas estas
classes igualmente foi dirigido o gracioso convite: “Vinde a Mim, todos os
que estais cansados e oprimidos, e Eu vos aliviarei” (Mateus 11:28).
Conquanto Lhe fosse recompensado o bem com o mal e o Seu amor com o ódio
(Salmos 109:5), Ele prosseguiu firmemente em Sua missão de misericórdia.
Jamais eram repelidos os que buscavam a Sua graça. Como viajante sem lar,
tendo a ignomínia e a penúria como porção diária, viveu Ele para ministrar
às necessidades e abrandar as desgraças humanas, para insistir com os homens
a aceitarem o dom da vida.
As ondas de misericórdia, rebatidas por aqueles corações obstinados,
retornavam em uma vaga mais forte de terno e inexprimível amor. Mas Israel
se desviara de seu melhor Amigo e único Auxiliador. Os rogos de Seu amor
foram desprezados, Seus conselhos repelidos, ridicularizadas Suas
advertências.
A hora de esperança e perdão passava-se rapidamente; a taça da ira de Deus,
por tanto tempo adiada, estava quase cheia. As nuvens que haviam estado a
acumular-se durante séculos de apostasia e rebelião, ora enegrecidas de
calamidades, estavam prestes a desabar sobre um povo criminoso; e Aquele que
unicamente os poderia salvar da condenação iminente, fora menosprezado,
injuriado, rejeitado e seria logo crucificado.
What do YOU think ?
Send an email with your comments to
todd @ preteristarchive.com
Be sure to include the article name.
They will be posted shortly
upon receipt
|